| Reportaje: Con el agua al cuello |
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| Escrito por Jose Antonio Martínez Rivas. |
| Lunes, 06 de Abril de 2009 11:03 |
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El presente y el futuro del sector marisquero en Redondela
Foto: Oscar Dacosta
El sol recorta débil pero brillante los montes de Vilaboa y Moaña. Permite vislumbrar con cierta dificultad la ciudad de Vigo al fondo, con la silueta de la iglesia de La Guía en primer término y a su lado imponente el puente de Rande. Son las nueve de la mañana y la marea está lo suficientemente baja como para rozar con los dedos la isla de San Simón, algo que únicamente se puede conseguir caminando por la superficie de un arenal de forma tan peculiar como el conocido como La Punta, en la parroquia de Cesantes, Redondela. La belleza del entorno, la ensenada que lleva por nombre el de ese conjunto insular tan cantado por los poetas medievales Mendiño o Xohán de Cangas, no debe hacer olvidar que esta mañana es un mero lugar de trabajo: el de las mariscadoras, tantas veces alabadas y al mismo tiempo infravaloradas, figuras de esa típica estampa eternamente asociada a la costa gallega. Fotos: Oscar Dacosta
La calma de la ría y del viento y el azul cristalino del cielo proporcionan unas condiciones llevaderas para soportar la intrínseca dureza de la tarea de estas mujeres. Aunque no siempre es así. Si la lluvia arrecia, la niebla matinal entumece los huesos o el frío paraliza los cinco sentidos no se puede parar, imposible para ellas. De las 5000 mariscadoras registradas actualmente en toda Galicia (con una minoría de miembros masculinos), 160 pertenecen a la redondelana Cofradía de San Juan. Y de ese número, entre cincuenta y sesenta salieron prestas y dispuestas con el traje de aguas y sus botas como atuendo decididas a enterrar sus piernas en el fondo de la orilla y arrebatar al mar una minúscula porción de su tesoro. Éste es un trabajo de largo recorrido, de dedicación plena, por lo que no es extraño comprobar que la media de edad de este grupo ronde los cincuenta y tantos años. Gente vinculada toda su vida al mar, con maridos e hijos marineros, hermanas rederas, primas y sobrinas igualmente mariscadoras. Y sus antepasados también, como las pescaderas que hacían llegar los productos frescos a la plaza de abastos y a todos los rincones interiores del pueblo (Reboreda, Quintela, Ventosela…) sin los medios de transporte modernos.
En la última década, el esfuerzo de estas heroínas cotidianas consiguió regular el descontrol que antaño a punto estuvo de acabar con este tradicional trabajo. Ahora, en función de la especie que recojan, pueden mariscar prácticamente todo el año, incluyendo parones biológicos. Con todo, cada mes sólo pueden desarrollar su actividad de forma efectiva entre ocho y doce días aproximadamente. La naturaleza manda, y si dice que la marea tiene que alcanzar su punto más alto así lo hará. Por ello, mientras el fértil manto submarino asoma, deben afinar los reflejos y la velocidad de sus manos para aprovechar al máximo las cuatros horas de bajamar bajo la claridad del día. Todo lo que suponga reducir ese tiempo no resulta rentable, ni física ni económicamente. “No ganamos ni para pan”, palabra de Rosi, cabello rubio, apariencia joven, pero veterana de guerra. Desde el año 2001 los precios en lonja fueron cayendo en picado hasta un 50%, en consonancia con los establecidos en el mercado de cara al público. Al igual que sucede en los otros sectores alimentarios más importantes, la agricultura y la ganadería, la red de intermediarios y distribuidores es la que condiciona el valor del producto desde el momento mismo que está en disposición de ser consumido. Las mariscadoras se ven obligadas a echar más cuentas de lo que desearían aunque sólo sea para ganar unos cuantos céntimos de euro más a cada kilogramo recogido de berberecho y almeja japónica, especies con las que pueden conseguir un beneficio económico significativo. En el primer caso, esta mañana se reunieron 900 kilogramos, una media de quince por mariscadora, con lo que después de pasar por la subasta cada una puede obtener aproximadamente 30 euros. En el segundo se llegó a 500 kilogramos, ocho por persona y un resultado total de unos 50 euros. Según los responsables de la Consellería de Pesca, presentes para trasladar todo lo recogido y seleccionado a la lonja viguesa, se podría considerar que fue un balance normal en comparación con los números de las semanas anteriores. Aunque como se suele decir, cualquier tiempo pasado fue mejor.
La zona de la que extraen ese preciado molusco se inicia desde el pantalán de la playa hasta poco más allá de la misma Punta, en total unos 400 metros salpicados de cabezas que se agachan una y otra vez en un ritual húmedo y sacrificado. La aparente sencillez de esta forma de trabajo esconde un esfuerzo titánico. De pie, encorvadas, con el agua hasta las rodillas, arrastran de un lado a otro, de arriba abajo, su pequeño rastrillo. Las dolencias más comunes se manifiestan en molestias en los riñones, rodillas y espalda. Aunque, mala suerte, un pequeño y arrugado cartel reza que hoy no pueden contar con la sesión de fisioterapia posterior a la jornada laboral. Muchas de ellas lo lamentan porque es su cura milagrosa, que les permite seguir bregando en la arena a pesar de los achaques. El carácter de estas semidiosas costeras, siempre afable, alegre, optimista, incluso pícaro, no denota agotamiento ni cansancio. El marisqueo se puede ver también como una reunión social, de amigas y vecinas, que durante unas horas continúan compartiendo sus vivencias, cuitas, gracias y experiencias fuera del hogar o de la parroquia. Las conversaciones que entablan entre ellas son irrepetibles, intransferibles. Son una vía de escape para liberarse del estrés que genera pensar que la cruda crisis económica actual planea sobre el sector como un ave de rapiña. A simple vista, se puede sacar la conclusión de que éste es un trabajo que no merece en absoluto la pena, pero Elisa responde resignada, al igual que el resto de sus compañeras al unísono como en una triste canción, que “peor es quedarse en casa, donde sólo se gasta, aquí por lo menos trabajamos para conseguir algo, como mínimo para pagar el seguro del oficio, porque cubrir todos los demás gastos que debemos afrontar es impensable”. Se refiere, sobre todo, a la limpieza de los bancos de marisqueo, la repoblación de especies y el control del furtivismo.
A simple vista, se puede sacar la conclusión de que éste es un trabajo que no merece en absoluto la pena, pero Elisa responde resignada, al igual que el resto de sus compañeras al unísono como en una triste canción, que “peor es quedarse en casa, donde sólo se gasta, aquí por lo menos trabajamos para conseguir algo, como mínimo para pagar el seguro del oficio, porque cubrir todos los demás gastos que debemos afrontar es impensable”. Se refiere, sobre todo, a la limpieza de los bancos de marisqueo, la repoblación de especies y el control del furtivismo. Las condiciones idóneas del arenal redondelano, donde confluyen las corrientes provenientes de la ría de Vigo y de Pontevedra, permiten que sus fondos sean lo suficientemente ricos a lo largo de todo el año. Un caramelo demasiado dulce y de fácil alcance para los furtivos, la gran lacra del sector. Para evitar su impacto negativo, las propias mariscadoras se encargan de los turnos de vigilancia, que se incrementan en verano por otro problema añadido: los bañistas. Consciente o inconscientemente, se convierten en improvisados mariscadores y de forma descontrolada expolian y destruyen grandes cantidades de terreno sin pensar que están invadiendo una zona muy cuidada y protegida, sustento de las trabajadoras del mar. El gran peligro es la esquilmación total de estos bancos hasta quedarse vacíos. De ahí que la repoblación sea un elemento clave. El sistema se basa en la reutilización de aquellos moluscos que no cumplen con el tamaño mínimo exigido y en la siembra de las especies que más se recogen en esta zona. Al mismo tiempo deben seguir a rajatabla los parones biológicos de cada parcela, explotadas en función de un sistema de rotación trimestral e inactivas el resto del año. Esto “no significa que se queden de la mano de Dios, a veces pasamos más tiempo aquí que en nuestras casas”. Así recuerda de nuevo Rosi que al acabar el propio marisqueo toca realizar la limpieza de las orillas, muy importante porque la línea de costa redondelana sufre el mal endémico de la acumulación de algas. En su fondo marino se deposita gran cantidad de sedimentos que generan lodo, a veces de gran altura, que dificulta la tarea de recolección y afecta al desarrollo de los moluscos.
Los gastos que supone superar todos estos obstáculos día a día, mes a mes, son demasiado costosos, y las subvenciones que aporta la Xunta de Galicia para ello son escasas. La Cofradía de San Juan y sus miembros deben sufragarlo con su presupuesto, o lo que es igual, de lo recaudado por el pago de licencias y cuotas. Un círculo vicioso difícil de frenar en el que las más afectadas son las mariscadoras, que se ven obligadas a poner dinero de su bolsillo para mantener esta actividad. Teniendo en cuenta las adversidades, el futuro depende de muchas variables. El marisqueo en Redondela, como es tradicional, se sigue pasando de generación en generación, aunque cada año se jubilan alrededor de 20 de sus componentes y la entrada de nuevos valores cada vez es menor: las opciones de iniciar unos estudios, trabajar en la industria cercana (como Citroën en Vigo desde hace más de cincuenta años) o de involucrarse en lo relacionado con el mar en tierra se anteponen a tomar el riego de introducirse en un mundo atrayente pero duro y lleno de incertidumbre. María, con cara de gran cansancio, no sólo por el esfuerzo de la mañana, sino también por todos los años acumulados de dedicación, confiesa con sinceridad que “siempre prefirió que sus hijos fuesen por un camino diferente al suyo y al de su marido”. Pasará el tiempo, y los montes de la península del Morrazo continuarán salvaguardando la ensenada de San Simón. El horizonte se mantendrá perfilado por la torre perenne de La Guía y el puente de Rande. La costa observará impertérrita la vida y los quehaceres de los habitantes de la ría. Mientras tanto, las mariscadoras redondelanas seguirán formando parte de ese paisaje, muy a su pesar, con el agua al cuello. Sin ellas la postal no sería igual.
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| Última actualización el Domingo, 12 de Julio de 2009 22:10 |